Para Catalina, la grande.
Mi casa materna
estaba ubicada en una urbanización llamada Los Sauzales, cerca del centro de la
ciudad de Mérida; mi entorno estuvo siempre rodeado de risas, santos y humo de
cigarrillo. Las imágenes de multicolores niños homónimos a mí, vestidos con
prendas de perlas y las extremidades mutiladas, siempre me generaron cierta
curiosidad malsana. Logro recordar con frívola agonía como mi abuela Catalina
cuidaba a esas pequeñas esculturas de cerámica hueca con la dedicación de un
florista. Eran de distintos tamaños y curiosamente de distintos colores,
algunos “Jesúcristos” eran casi del tamaño de un bebé recién nacido, otros eran
morenos y otro era de un plástico traslucido que espeluznantemente al apagarse
las luces de la habitación en la que reposaba, se encendía en un tono verde que
alumbraba la mesa de la sala; en la cual curiosamente, habré almorzado unas
escasas quince veces. Ese cuidado que las abuelas les dan a sus santos es
increíble y un poco espantoso, la virgen María siempre con un talante alado y
sus manos juntas me producía una sensación de respeto que rozaba y a veces se
entreveraba con la sensación del miedo. Siempre en su altar y siempre con un
velón encendido.
Como en toda
familia venezolana, y me atrevo a decir que Latinoamericana, mandaban a uno de
los “muchachitos” a hacer los mandados:
·
Vaya Papito a donde el señor
Melanio y me trae 1000 bolívares de queso duro, una mantequilla Mavesa y un
litro de leche Parmalat. – Así despuntaba mi viejita mientras amasaba y
precalentaba el budare.
Yo tendría unos
escasos ocho años, y con muchas dificultades intentaba memorizar el mandado,
iba y volvía sin mucho problema atravesando la vereda catorce; vereda que vi
agrandar, vereda en la que caminé por primera vez agarrado de la mano con una
niña, vereda en la que me enamoré y jugué fútbol. Pocas veces regresé por esa
vereda con un mandado completo, pero Catalina con la misma benevolencia que le
prendía una vela su “Virgencita”, me perdonaba mis despistes y me servía mi
arepa de zanahoria rellena de queso y mantequilla.
Fueron pasando
los años con una ridícula calma, las veredas seguían iguales, pero mi abuela
ahora me mandaba con billetes distintos a comprar en el almacén del viejo
Melanio, recuerdo que el difunto presidente Hugo Chávez había eliminado los
primeros tres ceros de la moneda y se había implementado el nuevo cono
monetario denominado de manera jocosa como: “El Bolívar Fuerte.” Ya resultaba
tangible para la percepción de un niño que algo había cambiado. Jugaba
inocentemente con mis amigos a coleccionar los nuevos billetes, a ver las
diferencias entre cada papel y, a intentar descifrar el valor real de las
nuevas monedas de acuñación metálica, lo cual era una tarea complicadísima.
Cada tanto lograba
percatarme de alguna nueva queja en mi casa debido al gobierno, por el cierre
de algún canal de televisión, por la falta ocasional del agua, o por la
interrupción paulatina del servicio eléctrico. Cuando pasaba ésta última, mi
abuela sacaba de alguno de sus escondrijos un grupo de velas que encendía en
distintas partes de la casa como emulando la luz que nos brindaban las
bombillas; al pasar los minutos y se hiciera evidente el retorno la luz, la
misión era salir corriendo, apagar las velas y devolverlas a las manos de su
dueña, porque ese pedazo de cera que de manera misteriosa se mantenía encendido
y alumbraba las penumbras de mi casa, era la mayor ofrenda que mi abuelita
tenia para ofrecer a sus figuras de cerámica hueca.
Esta señora que describo siempre fue, siempre ha sido y siempre será
una acérrima opositora al régimen que hoy gobierna a Venezuela, en buena parte
gracias a ella tomé el camino apasionado hacía la política. Siempre recordaré
sus palabras diciendo:
·
“Ese hombre entró con las manos
llenas de sangre, y para salir tendrá que correr sangre” – Refiriéndose al
antes mencionado Chávez.
Me enseñó
también la importancia del trabajo, del como ella levantó siete muchachos y dos
nietos, el amor incondicional hacía la familia y la importancia de siempre
mantener la frente en alto a pesar de lo complicado que se avizore el panorama.
Me enseñó que valiente no es alguien que intenta una vez, sino que valiente es
aquel que se cae e insiste. Me enseñó que la vida no es un carnaval, como decía
Celia Cruz, sino que, muy al contrario, la vida estaba repleta de momentos
amargos que debíamos afrontar.
Yo se que todos
tienen a su abuela, a su Catalina. Y por eso mismo me resulta incomprensible el
hecho de que pase lo que esta pasando con los pensionados y jubilados de mi
país, hacen colas terroríficamente eternas para cobrar una miserable pensión
que seguramente no les alcanzará para comprar ni una octava parte de lo que su
medico de cabecera les ha recetado, esto evidentemente, si cuentan con la
fortuna de encontrarlos. No tiene sentido que, señoras y señores pertenecientes
a la más novel de las edades, luego de que se les niegue el derecho a cobrar un
dinero que por ley se merecen, y que es de todo, menos una regalía estadal;
también se los atropelle y se les niegue de manera flagrante el derecho a
protestar. Que los repriman con empujones, y en varios casos incluso con gases
lacrimógenos, me deja mucho más claro el talante del gobierno que tenemos.
Independientemente de la postura que tengan los uniformados con escopetas y
escudos, se habla de un tema de humanidad, de compasión, de piedad, de
comprensión y mucho más importante, de respeto. Quizás para ellos no resulte
evidente, pero no están reprimiendo a chamos encapuchados con piedras en sus
manos, están reprimiendo a nuestros abuelos, a sus abuelos, que ante la
desesperación de que la parca les respire de manera agitada en la nuca, no
tengan más remedio que postrar sus humanidades y trancar una avenida; sin
cauchos, sin troncos, sin alambres, con sus escuálidos y jorobados cuerpos
repletos de miedo y valor. Porque estas dos cualidades humanas van
entrelazadas, sin miedo no hay valor que valga, sin miedo no se piensa, sin
miedo uno nunca es capaz.
Veo a los
pensionados gritando y exigiendo su derecho con los ojos aguarapados, con los
puños cerrados, y dispuestos a todo. De igual manera veo al abusivo piquete que
sin importarle nada va al núcleo de la protesta a reprimir, a acatar una orden,
a cagarse y mearse en cualquier tipo de valor que le haya inculcado su abuela o
su abuelo. Yo no puedo estar seguro de lo que diré, pero para mi sería muy
complicado poder seguir viéndome en el espejo y sostenerme la mirada, luego de
acatar la orden de dispersar una protesta legitima hecha por adultos de la
tercera edad, me carcomería la consciencia hasta tal punto que renunciaría a
mis labores, no podría salir a la calle y esperar alguna mirada solidaria, no
podría más nunca visitar a mi abuela, ni aceptarle una arepa de zanahoria
rellena de mantequilla y queso, no podría ni siquiera acercarme a la vereda
catorce sin que la vergüenza me hiciera retorcer las tripas y llorar.
Sin embargo,
como ya lo dije, no puedo estar seguro de que ellos se comportarían o
reaccionarían de la manera en la que yo lo haría. No se si ellos sean capaces
de sostenerse la mirada en algún espejo, no se si ellos sean capaces de
renunciar a sus labores, no se si ellos salen con su uniforme y reciben miradas
solidarias, no se si visitan las casas de sus abuelas. Lo que sí se, y estoy
convencido; es que en algún momento habrá justicia. En algún momento los que
torturan hoy serán victima de sus propios comportamientos. Porque es posible
que algún director de algún departamento de policía logre negociar su salida a
La Habana o a alguna isla del Caribe, pero ese cabo que detona la bomba y que
empuja a mis abuelos, no tendrá más opción que esconderse o someterse a la
justicia. Y ahí sonreiremos los nietos, no por vengativos, sino porque ellos
estuvieron del lado de los inhumanos, de los infelices, de los asesinos.
Entre tanto, mi
abuela sigue encendiendo velas a diario y cuidando a esos niños Jesús que
adornan y condecoran la sala de mi casa materna, cuidándolos con la delicadeza
de un florista, y añorando justicia porque le alejaron a su muchachito de la
casa, porque ya no tiene a quien mandar a comprar queso y leche, porque ya no
tiene quien le coma las arepas de zanahoria rellenas de mantequilla y queso.
Yo cada día
extraño más a mi abuela y quiero que aquellos que nos distanciaron, extrañen a
las suyas como yo extraño a la mía, pero con una diferencia, que ellos la
extrañen desde una prisión pagando por sus delitos.
Jesús Pérez
Dirigente Estudiantil 100 % Estudiantes
Actualmente en el exilio
Montevideo.

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